Acabamos de terminar el periodo de navideño (algunos dirán superar…), y estamos ya de lleno en 2018, con todas la expectativas y, porque no, temores, que lleva consigo empezar un nuevo año.

Si hiciéramos un balance rápido del año 2017, sin entrar en grandes profundidades, seguro que se nos vienen a la mente momentos y situaciones que podríamos calificar de tensas, o difíciles, o incluso negativas.

La cuestión que nos podríamos plantear es si realmente esas situaciones, hayan sido pocas o muchas, merecen objetivamente esos calificativos tan poco halagüeños, o si, de alguna manera, nuestra propia vivencia ha contribuido a hacerlas más difíciles y dolorosas.

Es un hecho comprobado que una misma circunstancia dos personas diferentes la van a vivir de  forma distinta, como también lo es que, incluso una misma persona, dependiendo del momento, puede vivir la misma circunstancia de forma totalmente distinta.

Si nos preguntamos por cuales son las razones nos hacen “optar” por la vivencia más dramática o negativa frente a una más saludable y equilibrada, desde el enfoque actual de la psicología se pueden dar respuestas sencillas y eficaces que van a permitir aproximarnos a una vida más plena y con una mucho menor carga de sufrimiento.

Los condicionantes que nos orientan hacia las vivencias negativas provienen de nuestros conflictos, de los traumas que hemos experimentado a lo largo de nuestra vida, sobre todo en los primeros años de la misma. Un apoyo psicológico adecuado nos ayuda a descubrir, a enfrentarnos a esos conflictos y a resolverlos, o al menos a que los sepamos gestionar de forma que no nos dominen y nos hagan sufrir.

La psicología hoy, y cada día más, no solo se entiende como una solución para enfermedades mentales, sino como una herramienta accesible y eficaz para conseguir vivir de una forma más saludable y positiva.