Prácticamente cualquier persona adulta en nuestra sociedad es capaz de percibir e identificar una molestia, un dolor, un malestar, como un síntoma que puede indicar una posible dolencia física, una posible enfermedad.

Ante esas situaciones no solemos tener dudas acerca de la conveniencia de acudir a una consulta médica para que nos analicen los síntomas, nos hagan un reconocimiento acorde a los mismos, nos diagnostiquen esa posible enfermedad y nos propongan el tratamiento adecuado para su curación.

Sin embargo, cuando lo que sufrimos es una molestia, un dolor o un malestar de tipo emocional, lo raro es que se nos ocurra acudir a un especialista que nos pueda ayudar a resolver, a sanar o al menos a minimizar el efecto de este otro tipo de dolencias.

A nada que nos sinceremos mínimamente, tendremos que reconocer que las dolencias emocionales son, para la generalidad de las personas, mucho más frecuentes y persistentes que las de carácter físico. Sin embargo tendemos a  acostumbrarnos a vivir con ellas como si fueran algo consustancial con la vida, como si fueran dificultades, más o menos pasajeras o recurrentes, con las que hay que acostumbrase a convivir, sin una expectativa clara de superarlas, o tratando de hacerlo por puro coraje.

Sin embargo, y más allá del sufrimiento directo que nos pueden ocasionar, las dolencias emocionales en función de su intensidad nos pueden generar otro tipo de problemas (los accidentes de todo tipo que se producen por no estar en situación de calma y atención son un buen ejemplo de ello) y llegan a convertirse en gérmenes de enfermedades de carácter físico (los casos del estrés y la depresión son dos excelentes ejemplos de lo que estamos hablando).

Reconocer el hecho de que nos sentimos mal emocionalmente, sea por la causa que sea, y acudir a un tratamiento adecuado para su resolución nos puede permitir, como hemos comentado en repetidas ocasiones, disfrutar de una vida más plena, más equilibrada, más saludable… ¡No renunciemos a ello!